En este ensayo expongo una reflexión personal sobre el Karate entendido como un sistema de autodefensa. Para ello, planteo mis ideas apoyándome en comparaciones y ejemplos que invitan a la reflexión y, a veces, a reconectar con la esencia original del arte marcial.
Me inicié en el camino del Karate a finales del año 1979 con la intención de aprender a protegerme ante una agresión. Mi aprendizaje comenzó a través de una metodología basada en kihon, kata y kumite. La puesta en práctica frente a los compañeros se realizaba mediante ejercicios preestablecidos de ippon, sanbon y gohon kumite, alternando los roles de uke y tori. Más avanzados eran los ejercicios de jiyu ippon kumite, donde uno de los contendientes asumía la iniciativa y ejecutaba, sin aviso previo, ataques pertenecientes al arsenal técnico del Karate, hasta llegar al jiyu kumite o combate libre y al shiai o combate de competición. Para acondicionar el cuerpo y lograr respuestas más resolutivas practiqué con el saco, el makiwara, el chiishi y otros elementos y ejercicios que resultaron de gran ayuda.
Con el paso del tiempo fueron surgiendo dudas que me llevaron a iniciar una búsqueda personal y a cuestionar aspectos de mi formación. En este proceso de reflexión y experimentación llegué a la conclusión de que el Karate, cuando se orienta a la protección personal, requiere un tratamiento diferente. Se hace necesaria, por tanto, una preparación coherente con las formas de violencia que se producen cotidianamente.
Es importante recordar que el sentido original del Tode, o mano china, ancestro del Karate actual, estaba centrado en este propósito. Con el tiempo, comenzó a modificarse con su introducción en el sistema educativo escolar de Okinawa. Alrededor de 1901 existen referencias que indican su integración como complemento del área de Educación Física en las Escuelas Media y Normal. No obstante, su inclusión no se hizo oficial hasta 1905, cuando el maestro Anko Itosu logró que se admitiera como parte del currículo de dicha área. Para ello, se vio obligado a crear un sistema nuevo, suavizando o eliminando los elementos más peligrosos y todo aquello que recordara su origen chino, de modo que su propuesta quedara alineada con las políticas educativas de la época.
Pasaron los años y en 1921 el arte marcial procedente de Okinawa llegó a Tokio de la mano de Gichin Funakoshi. En 1924 el nombre de Karate ya era ampliamente reconocido y, de manera progresiva, este nuevo sistema fue incorporando elementos metodológicos del Kendō y del Judō, especialmente en lo relativo a la estructura y sistematización de la enseñanza. Muchos miembros de los clubes universitarios comenzaron a realizar combate libre y a competir contra karatecas de otras universidades, incluso desobedeciendo a sus instructores. Con el tiempo, la competición y la enseñanza en masa, cuyo objetivo era la preparación de jóvenes sanos, fuertes y disciplinados, aptos para ser soldados o miembros útiles para la sociedad, fueron relegando a un segundo plano su finalidad original.
Cabe preguntarse, por tanto, si hoy día los sistemas de enseñanza y la práctica derivada de los mismos son los más adecuados frente a las agresiones.
Forma y función
Las escuadras de gastadores[1] del Ejército son conocidas por sus desfiles ceremoniales, en los que realizan movimientos vistosos y maniobras similares a malabares con sus fusiles. Estas exhibiciones destacan por una gran destreza, precisión y coordinación, mostrando lo que puede lograrse mediante la perseverancia y la disciplina. Aunque resultan impresionantes, es importante entender que no reflejan su formación militar ni se traducen en capacidades útiles para el combate. Por este motivo, los gastadores son formados como militares al uso, y estas habilidades constituyen únicamente una subespecialización para ocasiones concretas. De manera análoga, la enseñanza marcial debería estructurarse de modo que garantice la preservación de la integridad propia y de quienes dependen de nosotros.
[1] Gastadores: soldados que tradicionalmente abrían la marcha de las unidades y que hoy, de forma ceremonial, encabezan los desfiles mostrando disciplina, coordinación y destreza en el manejo del fusil.
Al igual que estas exhibiciones carecen de valor operativo para el combate, muchos planteamientos marciales corren el riesgo de centrarse más en la forma que en la verdadera función aplicada a la autodefensa.
Resulta determinante que tanto instructores como alumnos tengan claro si lo que desarrollan es un sistema de autodefensa, un deporte de competición o un híbrido desnaturalizado con escasa conexión con las agresiones interpersonales.
Lamentablemente, muchos karatecas basan su entrenamiento en la mera repetición de kata o kihon, y las aplicaciones o bunkai se realizan frente a técnicas propias del Karate y, en muchas ocasiones, a modo de coreografía para que todo encaje a la perfección. Ante esto, conviene preguntarse si nuestra perspectiva nos prepara para ello. Esta deriva no solo aleja al Karate del contexto de agresión, sino que ignora a quienes, por su profesión o por las funciones que desempeñan, se enfrentan a ella de forma habitual.
Dicho esto, y sin pretender desarrollarlo en profundidad, cabe señalar que existen determinados colectivos que, por la naturaleza misma de su función, se encuentran especialmente expuestos a escenarios de violencia, agresión o conflicto directo. Fuerzas y cuerpos de seguridad, vigilantes de seguridad, controladores de accesos o porteros asumen de manera habitual la gestión del enfrentamiento y el establecimiento de límites. A ello se suman profesionales como el personal de emergencias y sanitario, los docentes, educadores y trabajadores sociales, así como el personal de instituciones penitenciarias, que desempeñan su labor en contextos de elevada carga emocional y tensión constante. En estos casos, la autodefensa no puede entenderse únicamente como un conjunto de técnicas, sino como un proceso integral que incluye prevención, mentalización y gestión del conflicto, orientado ante todo a la autoprotección. Todo ello obliga a cuestionar si el sistema de enseñanza empleado y los objetivos perseguidos son coherentes con las circunstancias que se pretende afrontar.
Enfrentamiento consensuado y no consensuado
Conviene entender que el Karate deportivo y algunos métodos de entrenamiento no están concebidos para dar respuesta a la violencia interpersonal fuera de un contexto reglado. En el combate de competición existen normas, árbitros y acciones técnicas refinadas para contrarrestar aquellas acciones que están permitidas. Fuera del entorno reglado no existen normas, no hay acuerdos previos y el riesgo es impredecible.
Es en este punto donde las diferencias entre los enfrentamientos consensuados y los no consensuados se hacen evidentes, ya que la táctica, la técnica y el planteamiento psicológico deben adaptarse para afrontar supuestos que pueden ir desde lo caótico hasta lo deliberadamente violento y especializado.
Los agresores, independientemente de su preparación, suelen actuar de forma brutal y sin filtros, mientras que nosotros debemos ser capaces de intervenir de forma eficaz, limitada en el tiempo y proporcionada siempre que sea posible.
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Incluso el jiyu kumite, por exigente que pueda resultar, no guarda similitud con una agresión en la calle. Por ello, resulta necesario prepararse mediante la recreación de casos plausibles y el fomento de ejercicios adecuados con inoculación de estrés. Esto contribuye a mejorar la toma de decisiones bajo presión y la capacidad de actuación ante lo no convencional y lo inesperado.
Desde esta perspectiva, el currículo debería centrarse en los contenidos que mejor nos preparen ante las distintas manifestaciones de violencia física, verbal o de intimidación y estrés emocional. No basta con ejecutar técnicas precisas de nuestro repertorio marcial; con demasiada frecuencia se tiende a convertir lo sencillo y funcional en algo innecesariamente complejo, generando una falsa sensación de dominio cuyo único fin es destacar habilidades individuales.
Coherencia entre metodología y objetivos
Si el objetivo es ser capaces de evitar una agresión, minimizar los daños o, en última instancia, sobrevivir a ella, debemos asumir que en la calle nadie nos atacará siguiendo patrones establecidos. Los agresores no frenarán sus ataques para no causar daño ni expondrán deliberadamente sus puntos vitales.
De ahí que, si se aspira a ser eficaz frente a la violencia física, la manera en que practicamos y nos mentalizamos debe encaminarse hacia protocolos de prevención y actuación, ajustando tácticas y técnicas a este fin.
Del mismo modo que se retiran los ruedines cuando un niño aprende a montar en bicicleta, llega un momento en el que es necesario abandonar o adaptar la metodología heredada. Esta, en su momento, eliminó lo más eficaz y peligroso y no dedicó el tiempo ni la atención debida a su objetivo primigenio.
No debe olvidarse que este sistema de enseñanza se utilizó para formar a jóvenes fuertes, sanos y patriotas, y que en la isla principal de Japón se adoptó, además, una disciplina cuasi militar para facilitar la enseñanza en masa, así como para promover valores específicos. En la actualidad, carece de sentido perpetuar ese sistema sin cuestionarlo.
Si continuamos rizando el rizo, corremos el riesgo de formar karatecas hábiles en circunstancias formales y controladas, pero con una dudosa preparación para afrontar agresiones.
Resulta fundamental hacer partícipes a nuestros alumnos de la necesidad de la mentalización frente a la violencia y las agresiones, diferenciando las distintas manifestaciones de las mismas. No es lo mismo una pelea de bar o de patio de colegio que una emboscada premeditada por parte de delincuentes, aunque todas ellas puedan tener consecuencias fatales. En muchos casos, para los agresores las únicas reglas que existen son, precisamente, la inexistencia de las mismas, y harán todo aquello que les permita alcanzar sus objetivos. Mientras tanto, nosotros debemos lidiar con un legado de valores éticos y personales, procurando ser resolutivos y actuar de manera que nuestra respuesta pueda considerarse legítima ante la ley.
Por encima de todo, lo que más importa es tratar de evitar la confrontación y, cuando esto no es posible, ser capaces de actuar con éxito.
Por supuesto, entiendo y respeto a los competidores. Tienen un propósito claro y se especializan en aquello que les permite alcanzarlo. En este sentido, su sistema de entrenamiento es coherente con sus objetivos. Incluso es posible que puedan salir bien parados en una agresión, a pesar de que dicho sistema no sea el más adecuado para este fin. En este contexto, cualidades como el coraje adquieren una gran importancia.
El coraje transforma el miedo en determinación.
El Karate no es un sistema cerrado
La tradición no consiste en adorar las cenizas, sino en mantener viva la llama.
(Atribuida a Gustav Mahler)
El Karate no puede ser fruto de un conocimiento estancado ni un mero ejercicio de repetición de formas establecidas. No debemos limitarnos a seguir únicamente las huellas de los maestros que nos precedieron. Por el contrario, podemos apoyarnos en sus enseñanzas para emprender nuestra propia búsqueda y encontrar nuestro camino.
Este proceso exige cuestionar si los conocimientos y la forma de transmitirlos están alineados con los objetivos a los que se debe aspirar en materia de autodefensa. Los principios que dieron lugar al Tode siguen siendo válidos hoy en día; basta con tener claro cuál es la prioridad y elegir el método más adecuado para que ocupen el lugar que les corresponde.
Bajo esta premisa, el análisis y estudio de las tácticas, técnicas y estrategias que los antiguos maestros legaron en los kata permite redescubrir estos principios y encontrar aplicaciones en las que antes no se había reparado.
Por todo ello, no debe olvidarse que cada kata, en sí misma, es un sistema completo de autodefensa que incluye golpes, agarres, derribos, proyecciones, bloqueos y secuencias que le confieren entidad propia. Por este motivo, no basta con ejecutarla de manera mecánica. Es nuestro cometido analizarlas en profundidad para encontrar aplicaciones idóneas, variadas y contextualizadas en entornos de violencia y agresión.
Otro aspecto relevante es adaptarnos al estado físico y cognitivo propio de cada etapa de la vida. Es un error comportarse como si el tiempo no dejara huella, por mucha experiencia contrastada que se tenga.
Y, sobre todo, no deben plantearse las posibles agresiones y sus respuestas en términos de acción-reacción entre karatecas: el Karate no es solo de jóvenes ni exclusivo de karatecas para karatecas.
Adiestramiento basado en la realidad
El adiestramiento de las Unidades de Operaciones Especiales se fundamenta principalmente en ejercicios tácticos cuya estrategia se basa en el análisis de misiones ya culminadas y en escenarios de combate inspirados en ellas. Como decía uno de mis mandos en el GOE III, toda situación es susceptible de empeorar.
De forma análoga, la enseñanza de cualquier arte marcial cuyo objetivo sea la preservación de la integridad personal debería regirse por un criterio equivalente, con objetivos claros y una estructura metodológica ajustada a la violencia y agresiones que se producen cada día.
Para ello, conviene priorizar lo que más nos atañe, dedicando una parte significativa del tiempo a las recreaciones tácticas y al acondicionamiento específico con el saco, paos, chiishi u otros elementos.
Asimismo, resulta necesario incorporar a la preparación todo aquello que se considere útil. El Karate no ha desarrollado un sistema específico de lucha en el suelo como el Judo, el Ju-Jutsu o el Grappling, y es frecuente que muchas agresiones acaben ahí, por lo que resulta sensato formarse en este ámbito.
Es cierto que, cuando intervienen varios agresores o se produce una pelea tumultuaria, el hecho de agarrar a uno de ellos puede facilitar el ataque de otros. Sin embargo, si se es atrapado o llevado al suelo, disponer de recursos para zafarse o reducir al agresor resulta de gran utilidad.
La preparación no se limita a las técnicas físicas. En un accidente o una catástrofe natural, el estado mental y emocional desempeña un papel crucial. En este ámbito, el conocimiento aportado por las Ciencias del Comportamiento Humano resulta esencial para aprender a gestionar el estrés y mejorar las respuestas.
Los ejercicios de inoculación de estrés ayudan a reconocer y anticipar síntomas como la parálisis por miedo, la dificultad respiratoria, las palpitaciones, la ira, la desorientación y otras consecuencias físicas o mentales.
Otro recurso útil es el análisis de agresiones y actos de violencia que aparecen en Internet, en redes sociales o en los informativos. Este análisis permite diseñar y recrear supuestos similares con fines formativos, aunque, por desgracia, estos mismos recursos también están al alcance de potenciales agresores.
Además, existen dos factores que deben tenerse muy en cuenta: el temor a las consecuencias judiciales y el controvertido principio de proporcionalidad. Ambos pueden interferir de forma inhabilitante por temor a las consecuencias legales, ya que una actuación puede no ser considerada legítima defensa o interpretarse como desproporcionada. Esta problemática afecta incluso a miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad.
Kata: mapa nemotécnico
Cabe poca duda de que cada kata fue creada para preservar determinados principios fundamentales de la autodefensa. Estos principios fueron fruto de la experiencia real y recopilados para enseñar cómo defenderse y controlar a los agresores, empleando técnicas y movimientos regidos por la táctica y la estrategia más adecuadas en cada circunstancia.
Mediante el estudio y la correcta puesta en acción de los contenidos del kata pueden encontrarse recursos para impedir o repeler la mayoría de las agresiones. Con las adaptaciones adecuadas, estos recursos pueden resultar efectivos frente a prácticamente cualquier tipo de ataque.
Con el paso de los años, la interpretación del kata se ha vuelto más estilizada y orientada hacia lo estético y lo deportivo, con una sobreactuación que lo aleja de su propósito original. Esta transformación ha llevado a que muchos pierdan de vista su verdadero valor como sistema de autodefensa.
En cuanto al bunkai, en muchas ocasiones se realiza como un ejercicio preestablecido en el que los karatecas ejecutan técnicas y desplazamientos de forma similar al kihon. Para que todo encaje, se utilizan patrones artificiales que poco tienen que ver con la autodefensa.
Por ello, no basta con conocer las aplicaciones tradicionales de cada movimiento; es necesario analizarlas en profundidad para poder vincular los conceptos tácticos, técnicos y estratégicos del kata y del bunkai.
En definitiva, cada kata constituye una representación tridimensional del sistema de autodefensa que contiene. Cumple la función de ser un mapa nemotécnico en el que los antecesores sistematizaron y preservaron las tácticas, técnicas y estrategias que consideraban más valiosas, y es responsabilidad de todos aprender a interpretarlas para recuperar ese conocimiento.
Práctica orientada a la autodefensa
Bajo este criterio, solo resulta relevante aquello que prepara de forma adecuada frente a las agresiones más comunes: golpes, agarres, empujones y sus combinaciones.
Las tácticas, técnicas y estrategias deben ajustarse, al tiempo que se entrena la capacidad de encajar tanto las agresiones físicas como las emocionales derivadas de gritos, insultos y amenazas.
Es fundamental ser capaz de activarse con rapidez para reaccionar de manera efectiva o tomar la iniciativa cuando se considere oportuno. Con este fin, la utilización de propuestas tácticas con presencia de inoculación de estrés favorece una transferencia positiva hacia la capacidad combativa.
Entre las variables a considerar se encuentran los aspectos psicológicos y físicos, el entorno, el tipo de atacante y de agresión o provocación, así como el factor sorpresa, habitual en muchas ocasiones.
Ante todo, es necesario ser consciente de las posibles consecuencias físicas, psíquicas y legales al defenderse de una agresión, teniendo siempre en cuenta los principios de necesidad, proporcionalidad y precaución que rigen el uso de la fuerza según la ley.
Por otra parte, no conviene confiarse en la falsa seguridad que puede producir la práctica de un arte marcial o un deporte de combate.
En cuanto a la concienciación, debe tenerse presente que los agresores carecen de escrúpulos, utilizan engaños o artimañas, tienen poco o nada que perder y actúan plenamente activados. Si las víctimas no están bien preparadas y mentalizadas, pueden dudar, tardar en reaccionar o bloquearse, lo que resulta especialmente peligroso.
La preparación incluye la capacidad de activarse en cuestión de milisegundos para actuar frente a un agresor cargado de adrenalina y dispuesto a imponerse por la fuerza. Y hay algo indiscutible: solo un adiestramiento correcto aumenta de forma exponencial las posibilidades de éxito.
Por estas razones, el progreso en los cinturones o grados debería reflejar el avance en la preparación para la defensa personal.
Reflexión final
Aunque existen múltiples interpretaciones del Karate, resulta esencial recordar sus raíces como un arte marcial concebido para sobrevivir y minimizar el daño recibido. En algunas ocasiones, esta esencia se ha ido diluyendo con el tiempo, lo que hace necesario detenerse a reflexionar sobre cómo revitalizarla sin menospreciar otros elementos y valores que el Karate también ofrece.
Dedicar más tiempo al trabajo de situaciones tácticas aplicadas y al acondicionamiento físico, evitar estructuras ajustadas a las interacciones entre karatecas, mantener la coherencia metodológica y preparar tanto el cuerpo como la mente son aspectos clave de este proceso. La observación y el análisis de agresiones permiten, además, ajustar la respuesta y mejorar la concienciación.
La resolución de una agresión no necesita ser espectacular, sino cumplir su cometido: evitarla, controlarla, disuadir o someter al agresor hasta poder huir con seguridad y buscar ayuda, si es necesario.
La confrontación física solo debería producirse cuando han fallado las medidas de prevención y el diálogo, o cuando nada de ello es posible debido al factor sorpresa o a la magnitud de la situación.
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Este ensayo nace de una reflexión personal construida desde la sinceridad, el estudio y la dedicación continuada al Karate. Mi aproximación al arte marcial ha estado siempre vinculada a la autodefensa, aunque no siempre orientada en la dirección más adecuada. Con el tiempo y la búsqueda consciente, comprendí que la defensa personal no es solo un conjunto de técnicas, sino un sistema coherente que integra táctica, técnica, mentalización, acondicionamiento físico, aspectos legales y una ética frente a la violencia, entre otros factores.
Este trabajo constituye una revisión ampliada y adaptada de mi artículo “Karate as a Personal Defense System”, publicado en abril de 2025 en la revista británica Shotokan Karate Magazine, conservando la idea original y ajustando la forma para un lector de habla hispana y para un contexto de reflexión más pausada.
Mi intención no es cuestionar otras formas legítimas de entender y sentir el Karate, sino invitar a una reflexión crítica sobre la coherencia entre metodología y objetivos, y recuperar, con responsabilidad y criterio, el sentido original del Karate como vía de autodefensa.
Está acreditado por la Dirección General de la Policía como formador en Defensa Personal para el personal de Seguridad Privada.
Es maestro de Educación Primaria y Educación Física.
Divulgador en YouTube a través del canal Kase Ha – Formality & Reality.
Veterano Boina Verde del Ejército de Tierra español (COE 31/32 – GOE III).
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