Hay viajes que transforman y hay maestros que construyen puentes entre culturas. El Sensei Gustavo Gondra, 10º Dan de Karate otorgado por Japón, pertenece a ambas categorías. Pionero del estilo Uechi Ryu en Argentina y Sudamérica, Gondra no solo fue uno de los primeros occidentales en pisar Okinawa para profundizar en las raíces de su práctica, sino que pasó ocho años consecutivos —siete de ellos en absoluta soledad— celebrando las fiestas de fin de año en la isla cuna del karate.
Esta entrevista explora esos momentos íntimos: las mesas compartidas con maestros legendarios, el silencio de las noches okinawenses, las enseñanzas que no se pronuncian pero se comprenden, y el precio personal de una búsqueda que va más allá de la técnica. Porque, como el propio Gondra nos recuerda, quien no conoce ese 50% de la experiencia que solo Okinawa puede ofrecer, apenas está rozando la superficie del camino.
El primer contacto
¿Qué imagen, sensación o detalle recordás con mayor nitidez de tu primer fin de año en Okinawa?
Eso fue en 1986, cuando viajé por primera vez junto a Javier Bárbera. Ambos nos embarcamos en un viaje sin saber muy bien qué estábamos haciendo, pero sí con un propósito claro: poder continuar nuestra práctica dentro del estilo y de la mejor manera posible. No fue duro porque estábamos juntos; pasamos ambas fiestas, Navidad y fin de año.
En ese primer viaje, ¿qué expectativa llevabas y qué fue lo primero que te hizo comprender que Okinawa no era Japón «como lo imaginabas»?
Las expectativas eran un poco inciertas. Éramos los dos primeros argentinos en pisar Okinawa del estilo Uechi Ryu en la historia del estilo en sí; nadie había viajado antes. El primero en viajar a Okinawa fue el Sensei Jorge Brikman, de Shorin Ryu, y los segundos fuimos nosotros, los dos primeros del estilo. Si bien estábamos invitados a ir, esto se debía a los problemas que había aquí y que se habían tornado insoportables. Fue entonces cuando escribí una carta y la respuesta fue la invitación a exponer lo que pasaba. Esa oportunidad la tuvimos en enero de 1987, cuando se llevó a cabo una reunión directamente con el Sensei Kanei Uechi. Me tocó explicar la historia de lo que había sucedido desde que el estilo entró al país hasta ese momento, con documentación en mano para respaldar lo dicho. Fue allí cuando el Sensei Kanei me comunicó que yo me manejaría directamente con Okinawa; fue recién entonces que tuvimos certeza de algo.
Esto se ratificó con la entrega de un certificado expedido por el Sensei Kanei donde se me nombró representante absoluto de todas las organizaciones del estilo en Argentina, desde 1986 hasta 1989, como un puntapié inicial a una nueva era en el país.
El tiempo y la repetición
Volver a pasar Navidad y Año Nuevo allí durante tantos años: ¿en qué momento dejaste de sentirte visitante y empezaste a sentirte parte del lugar, aunque sea parcialmente?
Pasé Navidad y fin de año allá desde 1986 hasta 1994, todos los años seguidos: fueron ocho años, de los cuales siete los pasé solo, sin familia.
En 1987 estuve completamente solo el 24 y el 31, pero por un contacto hecho por un tema en particular, fui invitado el 25 a la casa del Sensei Zempo Shimabukuro de Shorin Ryu, con quien desde entonces tengo una amistad muy fuerte que continúa con él y su hijo Zenshun.
En 1988 llamó mucho la atención allá que fuera tan seguido, y ese año fui invitado a la casa del Sensei Toshi Higa el 25. Ya a partir de 1989, todos los maestros hablaban de mí y de mi insistencia en los viajes a Okinawa. Ese año me invitaban a pasar tiempo con un grupo de maestros que Toshi Higa y Shigeru Takamiyagui visitaban para las fiestas, como costumbre y respeto.

Se visitaba la casa de los Sensei Takara, Inada y Tomoyose, donde se charlaba de todo. Yo era muy bienvenido a estar y participar de las conversaciones dentro de la reunión; fue allí donde me di cuenta de que aprendía cosas que en los dojos no se daban. Charlas de amigos, de compañeros de práctica, historias como las nuestras, travesuras a espaldas del Sensei que daba la clase… Y lo mejor de todo era cuando ellos me dejaban escuchar sobre otros temas que tenían que ver con la historia del estilo y su construcción, no escrita en los libros.
Esta situación se dio igual en los años siguientes, donde además comenzaban a preguntarme cosas sobre Sudamérica y Argentina, integrándome plenamente a las conversaciones como uno más. Claro, yo siempre sin hablar de más y sin olvidar mi lugar y el que me daban, con el respeto y las precauciones del caso, sabiendo siempre que yo era un privilegiado al poder estar allí en mi condición de extranjero.
¿Cómo se vive el paso del año en Okinawa desde la cotidianeidad —clima, silencio, entrenamiento, rituales— en comparación con Occidente?
Una semana antes de las fiestas, los dojos cierran y no hay clases, por lo menos en Uechi Ryu. El clima de diciembre, enero y febrero es a veces frío, otras no tanto; sí lluvioso, a veces tanto que no se podía salir del departamento por unos días al no tener vehículo y hacer todo a pie.
Rituales en los templos, silencio en las noches y, en lo particular, la soledad sin la familia… a quienes sacrifiqué por estos viajes durante mucho tiempo, y queda alguna culpa de no estar.
El karate más allá del dojo
¿Qué aprendiste del karate fuera del entrenamiento formal: en una comida, una conversación, un gesto mínimo de un maestro?
Mantenerme en mi lugar sin creer o confundir la confianza que me daban con una amistad irreal más allá de esa confianza. La comida es un buen momento para charlar porque ahí se permite; los gestos son parte del todo en estas reuniones donde todo está sobre la mesa si el anfitrión así lo quiere.
Y algo fundamental para mí, y creo que por eso se me abrieron muchas puertas: jamás pedí nada y jamás hablé mal de nadie.
¿Hubo alguna enseñanza que no fue explicada con palabras, pero que entendiste con el tiempo?
No una, muchas. Y doy gracias por haber tenido la oportunidad de haber estado con todos en Okinawa cuando la política estaba por debajo de la práctica.
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Los maestros y la transmisión
Sin nombrar técnicas: ¿qué rasgo humano de los maestros okinawenses te marcó más?
Que ellos, cuando uno está allí —al menos conmigo—, jamás dejaron de hablar lo que tenían que hablar delante de mí. Y hasta hoy día, mi amistad con el Sensei Isamu Arakaki (ya fallecido), Zempo Shimabukuro y Tetsuhiro Hokama se mantiene como el primer día. Los sigo visitando cada vez que piso Okinawa o me escribo con ellos en forma continua, así como con otros más allá de las organizaciones.
La misma o mejor relación mantengo hoy día con maestros de Japón, con quienes charlo semana por medio.¿Cómo se manifestaba el respeto, la jerarquía y el silencio en la relación maestro-alumno durante esas fechas especiales del año?
Con interés por saber de Argentina, de mi familia, mi trabajo, etc. Las jerarquías siempre están presentes más allá de no manifestarlas; más que jerarquía, es el respeto a un mayor, a un maestro que además posee una jerarquía.
Saber que, más allá de poder estar en algún lugar, ubicarse frente a la situación es una cuestión de cuna en la que uno ha crecido, sin abusos o equivocaciones de parte de nadie.Soledad, distancia y transformación
Pasar fiestas lejos del país de origen suele remover emociones: ¿qué lugar ocupaban la soledad, la introspección o el silencio en esos momentos?
El 100%. Uno piensa mucho en muchas cosas que tal vez habitualmente no piensa, pero jamás arrepentido de nada. Aunque sí, a veces lastima un poco. Pero cada uno debe hacerse cargo de sus decisiones, lo cual hice y hago.
Mirando en retrospectiva, ¿qué cambió en vos después de esos años que no se nota a simple vista cuando entrenás o enseñás?
Fundamentalmente, madurar.
Mirada hacia el presente
¿Hay algo de aquel Okinawa de fines de los 80 y comienzos de los 90 que sentís que hoy ya no existe?
Sí: la presencia de aquellos que ya no están, con quienes compartí mucho y que viven en mis recuerdos.
Cuando hoy enseñás karate, ¿qué parte de esa experiencia inevitablemente se filtra, aunque no la menciones?
Yo, particularmente, cuando doy seminarios cuento muchas historias que tienen que ver con charlas que puedo contar, y otras que no cuento porque son y fueron solo para mí. Pero es importante que las personas que escuchan sepan que hay algo más que lo físico y lo técnico, aunque muchas veces no interese.
Sentido y legado
Si tuvieras que resumir qué te regaló Okinawa en esos años, no como karateka sino como persona, ¿qué dirías?
Que quien no tiene esa parte de la experiencia solo conoce el 50% de lo que hace. Y solo la vida y el destino conceden esas oportunidades a determinadas personas… ¿Y quién sabe por qué?
¿Qué le dirías a un practicante actual que sueña con viajar a Okinawa creyendo que allí «está la respuesta»?
Creo que viajar, aunque sea una vez, es necesario para saber de qué estamos hablando y si tal vez quiero opinar al respecto. Hay respuestas, pero no le son dadas a todos por el solo hecho de viajar. Hay que demostrar no solo con técnica o viajes, sino 100% con uno mismo, y eso no todo el mundo está dispuesto a hacerlo.
Esto quiere decir que cada uno va a recibir la respuesta en base a lo invertido, que no es un viaje cada tanto tan solo para obtener un grado… aunque a muchos eso tan solo les basta.
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