Las tradiciones de fin de año en Okinawa tienen algo especial. La isla cuna del karate se transforma en esos días, revelando una forma de vivir que va mucho más allá de las artes marciales.
Cada viaje a Okinawa ha sido especial, único e irrepetible. Sin embargo, haber tenido la oportunidad de estar allí durante las fiestas de fin de año marcó profundamente mi manera de sentir y comprender el Karate. No sólo por el lugar, sino por el ritmo distinto que adquiere la práctica y por la forma en que esos días se comparten.
Cuando el dojo respira diferente
En esas oportunidades, el Hombu Dojo de Shorin Ryū Kyudokan no estaba colmado de practicantes extranjeros. Estaban los alumnos locales y apenas algunos pocos invitados, compartiendo la práctica cotidiana con quienes viven el Karate como parte inseparable de su vida. Eso transformaba por completo la experiencia. Las calles más tranquilas, el clima invernal, los saludos sencillos y respetuosos al llegar al Dojo, todo parecía invitar a una práctica más silenciosa y profunda.
Todas las prácticas en el Hombu Dojo tienen una energía intensa y particular, pero la última del año es especialmente movilizadora. Es cierre, es balance, es introspección. Es técnica, sin duda, pero también es espíritu. Cada movimiento parece cargado de sentido, como si el cuerpo también estuviera haciendo su propio repaso del año que termina.

Limpiar el espacio, renovar el espíritu
En ese contexto llega el “ōsōji” (大掃除), la gran limpieza de fin de año en el Dojo. Limpiar ese espacio, hombro a hombro con compañeros y Maestros de Okinawa, es una vivencia que trasciende lo material. No se trata sólo de una cuestión de higiene, aunque sea fundamental, sino de un acto íntimo y a la vez, colectivo de renovación. Cada uno limpia también algo propio.
El Hombu Dojo de Kyudokan tiene una energía difícil de describir; estar allí, cuidándolo, acompañando ese ritual silencioso (aunque también atravesado por sonrisas y risas compartidas), es un privilegio que deja una marca profunda.

La mesa compartida y el lenguaje del corazón
A esos momentos se suman gestos simples y profundamente humanos.
Compartir la comida preparada con dedicación, generosidad y calidez por la esposa de Yuchoku Higa Kaichō, sentarnos todos juntos, conversar sin apuro. Pese a las barreras del idioma, con un poco de japonés, algo de inglés y mucho del lenguaje universal de señas, se generaba una conexión que difícilmente haya experimentado antes. Son instantes que permanecen intactos en la memoria porque hablan de una forma de vivir el Karate desde lo cotidiano y lo familiar.
Compartir esos días junto a Minoru Higa Kaichō, Koyu Higa Sensei, Yuji Higa Sensei y a tantos compañeros de camino, reafirmó algo que siento profundamente: para mí, EL KARATE ES FAMILIA. Es unión, colaboración, respeto y compromiso. Es aportar, cada uno desde su lugar, su pequeño grano de arena. Es entender que el camino no se transita en soledad, sino que se construye entre todos.
Guardo también un recuerdo muy especial de una de esas visitas de fin de año, cuando Minoru Higa Kaichō me invitó a su hogar para compartir la cena de fin de año con su familia. En ese encuentro buscó un kakemono que pertenecía a su linaje familiar, con el carácter de “Nin” (忍) –perseverar, resistir– y me lo obsequió en homenaje a mi Dojo, Nintai Dōjō (忍耐道場). Fue un gesto de una profundidad difícil de poner en palabras, que selló aún más ese vínculo humano y marcial que trasciende fronteras.

El camino que continúa en cada práctica
Con el paso del tiempo, esa vivencia en Okinawa fue decantando en una manera de comprender la práctica aquí, en Argentina.
Ese espíritu se traduce en una forma concreta de estar presentes, entrenar con atención, con respeto por el proceso propio y ajeno, y con la conciencia de que el Karate no es un acto individual, sino una construcción colectiva.
Así como la limpieza del dojo a fin de año es un gesto de renovación interior y compartida, en nuestra práctica cotidiana buscamos también ese orden interno al limpiar tensiones, revisar actitudes, volver al centro, buscar ese equilibrio tan necesario en todos los aspectos de la vida.
No se trata sólo de técnica, ni siquiera sólo de tradición. Se trata de cómo habitamos el espacio de práctica, cómo cuidamos el lugar y a las personas con las que compartimos el camino.
Ese sentido de Familia, de colaboración y de compromiso mutuo que sentí cada vez que tuve la posibilidad de viajar a Okinawa, es el mismo que hoy vivo en cada práctica junto a mis alumnos en Nintai Dōjō, junto a mis compañeros y familia del Dō en la Escuela Keikokan y en cada encuentro que compartimos con mis amigos del Dō en las prácticas de Karate Koryū.
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Porque el Karate, cuando se vive desde ahí, no se termina al salir del Dojo, sino que continúa en la forma en que entrenamos, compartimos y vivimos.
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