Cuando Akamine Sensei bajó del barco, después de 48 días de viaje, no imaginaba que ese mismo día conocería al hombre al que años más tarde definiría con una sola frase: «el samurai argentino». En homenaje a su memoria, la historia de una amistad que cruzó un océano y dos generaciones, contada por quien la escuchó, grabador en mano, de su propia voz.
Ciudadela es un barrio que conviene recorrer con los ojos bien abiertos. Nació de cuarteles militares, pero fue una clase trabajadora pujante la que terminó de habitarlo, imprimiéndole su identidad: comercios que se apilan sobre la avenida Rivadavia, veredas que nunca terminan de descansar. Ahí, disimulada entre las demás casas, un poco desvencijadas por el paso del tiempo, como todas, está la vivienda del amigo de mi maestro. Abajo funciona un pequeño gimnasio. Arriba, por una escalera angosta, se llega al Dojo.

Shōshin Nagamine Sensei (1907–1997) fundador del estilo Matsubayashi-ryū junto a Akamine Sensei y Fattore Sensei en Okinawa.
El olor a tablones de madera lo recibe a uno antes que nada. Después, la pulcritud. Un viejo banner que desentona con todo lo demás, pero que debe tener su motivo para seguir ahí, colgado. Las paredes están pintadas de ocre, y sobre ellas caen los rayos de un sol de otoño amplificado por unos ventanales en altura, hasta estrellarse contra el escudo de la escuela de karate. Lo reconozco al instante: ese mismo escudo estaba en el Dojo de mi maestro, en el club River Plate, sobre la pared que daba al estadio de fútbol, esa a la que nos trepábamos de chicos, corriendo las pequeñas ventanas de ventilación, para espiar los partidos. El símbolo me devuelve directo a la niñez. El amigo de mi maestro me contaría luego, con calma, todo lo que le costó levantar su propio espacio en una tierra que no era la suya.
Hasta ese día nunca lo había visto en persona.
Solo lo conocía por su nombre y por las historias que circulaban sobre él. Que había llegado de Okinawa en busca de un futuro mejor, que era alumno directo de Nagamine Shōshin —escritor y fundador del estilo de karate Matsubayashi-ryū—, y que fue recibido aquí por otro discípulo del mismo maestro que ya enseñaba karate en el país, cuyo hijo era el instructor de mi maestro.
Lo más importante para mí era que había sido un gran amigo de mi maestro. Por eso quería su testimonio.
Para conocerlo en persona debíamos subir una escalera más, hasta su vivienda. Él ya nos esperaba, al hijo de mi maestro y a mí.
Subimos los últimos escalones y nos recibió un señor de mirada profunda, con la vida vivida, con esa mezcla de reserva y bondad que pocos poseen. La lucha contra el tiempo es siempre para aguantar un poco más, nunca se gana.

Sensei Akamine junto a Leonardo Fattore y Ariel Garofalo.
Se apoyaba en un bastón, no por elegancia, sino porque lo necesitaba para caminar, pero su porte, a pesar de los años, no dejaba lugar a dudas: había sido un tipo duro. Lo habían forjado la rigidez del ser japonés, la disciplina del karate y una vida que tuvo que pelear solo, como tantos inmigrantes. Al hijo de mi maestro lo miró con un afecto casi paternal. A mí, como buen karateca, con distancia. Sabía que mi visita tenía un interés puntual, hablar de mi maestro, reconstruir su historia compartida, dejarla escrita en un libro homenaje.
De a poco, la amistad se fue asomando. El cariño que le tenía a mi maestro se extendía, naturalmente, a su hijo. El trato se volvió cálido, casi familiar. Preguntó por el libro, le contamos del proyecto y, sin apuro, me fue abriendo las puertas de su confianza.
Ahí empezaron las anécdotas. Algunas eran muy graciosas. Como aquella del 18 de enero de 1972, cuando acababa de desembarcar en la Argentina después de 48 días de viaje en barco. Un joven de bigotes y buena estampa, mi maestro, fue a buscarlo y lo invitó a tomar un helado. Le preguntó cuál quería. Él no hablaba español, y mi maestro tampoco japonés, así que señaló el recipiente de un kilo. El joven no podía creerlo; pensó que se trataba de un malentendido.
No lo era, se comió el kilo entero.
Con el correr de los encuentros crecía la confianza, y con ella salían a la luz otras cosas. Con la picardía de un chico, me mostraba algunos artilugios inofensivos que había inventado, pensados para disuadir a vecinos o transeúntes poco cuidadosos con el medio ambiente… Todo era muy gracioso, pero más información no puedo dar.
En una de esas charlas le pregunté cómo definiría a mi maestro.
—El samurái argentino —dijo, sin dudar.
Por su valentía. Por sus principios.
Ese nombre se me quedó adentro, y años después sería el título de la película dedicada a mi maestro y a Leo, su hijo.
El título no fue casualidad. El 15 de septiembre de 1985, el mítico estadio de boxeo Luna Park, el que vio coronarse de gloria a Carlos Monzón, Ringo Bonavena y Nicolino Locche, se vistió de blanco para coronar a Pedro Fattore, el campeón de campeones de todas las artes marciales. Pero aquella fecha de gloria volvería más tarde, dos veces, en el destino de mi maestro y de su amigo.

Los maestros Jintatsu Higa y Shigehide Akamine –Matsubayashi-ryū–. En la formación Pedro Fattore, Benito Higa y discípulos.
De algunos de esos encuentros todavía conservo las grabaciones. Ahí me contó cómo fueron sus primeros años en la Argentina, lo áspero del comienzo, la acogida que le dio mi maestro. Me habló de cómo, entre los dos, la relación fue creciendo: primero Sensei, después amistad, porque él había llegado de Okinawa buscando un futuro mejor, y fue acogido por quien ya enseñaba karate aquí, el padre del instructor de mi maestro.
Me contó también que, cuando el instructor de mi maestro decidió dejar la escuela a la que ambos pertenecían, fue un golpe duro para mi maestro. Aun así, él le dijo:
—No se preocupe, usted debe seguir a su maestro. Nosotros seguimos practicando. Y seremos amigos igual.
Y así fue.
Le pregunté, directamente, por qué el instructor de mi maestro se había ido. Me hizo apagar la grabadora. Cuando la luz roja se apagó, recién entonces me lo contó. Esa razón pertenece a la memoria privada de ambos, y ahí la dejo.
Aquella dureza del «ser japonés» que mencioné antes tenía una raíz concreta, y me la reveló otra tarde. Sacó de su biblioteca un libro que mostraba cómo era Okinawa en la posguerra, cuando él era chico. Una fotografía me quedó grabada: escombros, destrucción absoluta, nada en pie. Me contó que en esos años vio a un amigo suyo arrastrar con una soga a un perro muerto hasta su casa.
—¿Para qué? —le pregunté.
—Era el alimento —me dijo.
No vi esa imagen. Pero la tengo en la retina, como una película en blanco y negro.
Al final, el 15 de septiembre volvió por los dos.
En 2012, por mi maestro. Catorce años después, por su amigo.
Pedro Fattore y Shigehide Akamine.
Mi maestro y el amigo de mi maestro.
Por Ariel Garofalo, editor de Mokuso
Seguinos en Instagram:@mokusorevista
Si valorás este artículo, te pido algo simple: a Mokuso no nos paga ninguna marca, ninguna federación, nadie nos dice qué escribir y no aceptamos publicidad engañosa. Escribir, editar, chequear datos, buscar imágenes, investigar, diseñar, lleva tiempo y dinero. Hacete socio de Mokuso por el precio de un café.





